El suave resplandor del amanecer se colaba por los visillos de lino, tiñendo la habitación con los cálidos rayos del sol. Afuera, la ciudad eterna despertaba poco a poco, pero allí dentro, el mundo seguía detenido.
Iris dormía sobre su costado, con el cabello desordenado cayéndole como fuego sobre la almohada. Sus labios, entreabiertos, dibujaban una pequeña sonrisa inconsciente, como si incluso en sueños él estuviera presente.
Hugo, todavía entre el sueño y la vigilia, movió la mano bajo las s