La habitación del castillo Ashford olía a perfume dulce y a nervios.
La luz dorada de la tarde entraba por los ventanales, envolviendo a todas en un brillo suave, como si el propio día supiera que estaba a punto de ser inolvidable.
Iris estaba sentada frente al espejo, con las manos sobre el regazo para intentar que dejaran de temblar. Por momentos se atrevía a mirarse… y sonreía sola. Era ella. Era su reflejo. Y, sin embargo, nunca se había visto tan distinta, tan feliz. Tan… lista.
Su madre e