Capítulo 94

La habitación permaneció en silencio, perturbado apenas por el crujir de las ramas que el viento azotaba contra el vidrio de la ventana. Serethia la miraba con los labios tensos, y en sus ojos se reflejaba el rencor que otra vez la existencia de Kaira le generaba.

—Tu alegría es mi condena… —dijo finalmente, en voz baja—. Siempre lo ha sido, y ni siquiera tu muerte podría liberarme de ello.

—Lo sé —respondió Kaira, y un leve temblor quebró la suavidad de su voz—, y he sufrido por ello cada día,
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