La habitación permaneció en silencio, perturbado apenas por el crujir de las ramas que el viento azotaba contra el vidrio de la ventana. Serethia la miraba con los labios tensos, y en sus ojos se reflejaba el rencor que otra vez la existencia de Kaira le generaba.
—Tu alegría es mi condena… —dijo finalmente, en voz baja—. Siempre lo ha sido, y ni siquiera tu muerte podría liberarme de ello.
—Lo sé —respondió Kaira, y un leve temblor quebró la suavidad de su voz—, y he sufrido por ello cada día,