El tiempo se volvió sin sentido, y los días empezaron a mezclarse sin que Serethia pudiera diferenciar dónde empezaba uno y cuando finalizaba el otro. Cada jornada transcurría con la misma monotonía sofocante, como si el mundo hubiera decidido seguir sin ella.
Apenas cruzaba palabra con las doncellas que entraban a la habitación; se limitaba a oír el sonido de bandejas al ser depositadas en la mesa y las leves pisadas que se desvanecían en el silencio. Después, el vacío volvía a envolverlo todo