Cuando la puerta se cerró tras la anciana, Alec se giró hacia las escaleras, ignorando por completo la presencia de los gemelos. En su mente, solo existía Serethia, aún aferrada a él mientras dejaba escapar suspiros temblorosos contra su cuello, seguidos de gemidos suaves, como los de un cachorrito. Alec la sostuvo con más firmeza, sintiendo cómo su respiración irregular se entrelazaba con el calor de su cuerpo.
Los gemelos aún permanecían en el umbral, sin decidirse entre el impulso de hablar