Agnés entrecerró los ojos y, con voz calmada, sin apartar la mirada, como si lo dicho antes no le causara la menor turbación, a pesar de lo terrífico que sonaba, continuó:
—No intentes negarlo, Lia me contó lo que vio… tus colmillos y tus garras. Después de todo, sigue siendo una buena chica. —La anciana sonrió de forma casi maternal, con la voz cargada de algo parecido a dulzura. Pero, casi al instante, la sonrisa se le quebró en una mueca de decepción—. La asustaste mucho, después de todo lo