La puerta se cerró tras la asistenta y el silencio volvió a caer sobre la sala. Serethia permaneció quieta, incapaz de decidir si debía decir algo o esperar a que la anciana lo hiciera primero.
Agnés volvió a tomar la taza entre sus manos con un cuidado solemne, como si aquel gesto fuera parte de un ritual, mientras la luz que entraba por la ventana resaltaba el brillo metálico de la cruz que colgaba de su cuello; un destello imposible de ignorar.
—¿No te agrada el café? —preguntó con una suavid