—No te preocupes; mientras yo exista, nadie llegará a ti —declaró Kaelrya con orgullo, segura, como si cada movimiento lo hubiese previsto con antelación—. Los doblegaremos y, como está predestinado, tú —como rey Alfa— erigirás un imperio donde todos los anteriores fracasaron.
—Con la espada, ni siquiera tu defensa podrá resistir —dijo Kaelvar, antes de tomar una copa que contenía un líquido casi tan rojo como sus ojos.
—¿La espada Nael’tharn? —pregunto, sorprendida—. Creí que había desaparecido