Cuando Kaira notó su presencia, giró apenas el rostro y esbozó una sonrisa. Pero no le llegó a los ojos.
El crepúsculo, reflejado en sus pupilas apagadas, acentuaba la fragilidad que no parecía querer abandonarla. Y fueron esos ojos lo que más lo golpeó: vacíos, como pozos secos, como si algo esencial ya se hubiera ido, por más que él intentara retenerlo.
—¿Ha venido a despedirse, mi señor? —preguntó Kaira con voz suave, apenas un susurro que parecía flotar más que sonar.
Kaelvar no respondió d