—No quería hacerte daño —susurró, tan bajo que Alec apenas la oyó—. Lo siento.
En ese momento, Alec terminó de ajustarse la venda y, al girar hacia ella, le dedicó una sonrisa suave, como si quisiera disipar su culpa.
—Lo sé. No te preocupes, la herida no fue profunda.
Se levantó y se dirigió hacia la cama. Se sentó de nuevo a su lado, lo bastante cerca para que sus hombros casi se rozaran. Entre ambos se instaló un silencio que no era del todo incómodo, casi tranquilo, como si la sola presenc