Lia dio un sorbo con el pitillo e hizo una mueca. El batido de frutos rojos no estaba mal, pero tampoco lo suficientemente bueno como para mejorarle el día. Pensó, no sin arrepentirse, que tal vez habría sido mejor ir a la cafetería que quedaba cerca de su trabajo. Pero no quería que su hermano descubriera con quién tenía una cita.
Dio otro sorbo y se hundió más en la silla, con las piernas cruzadas y la mirada perdida entre las luces que brillaban más allá del vidrio, dejándose envolver por l