La luna estaba en lo alto del cielo, como un ojo pálido y ciego, iluminando todo a su paso. Los árboles, alargados y retorcidos, se inclinaban con el viento como si intentaran atraparla, frenar su marcha. Las hojas bajo sus pies crujían con un sonido que parecía resonar demasiado alto, como si el bosque quisiera que él la encontrara.
Cada soplo de viento se deslizaba como un susurro helado entre los árboles, y en el aire flotaba un aroma denso a tierra húmeda… y hierro, el inconfundible olor