Alec la observó en silencio, viendo cómo su cuerpo, al fin, se relajaba. El sudor perlaba su frente, su respiración seguía irregular, pero al menos ya no gritaba. Él mismo tenía las manos temblorosas; cada espasmo que había presenciado antes seguía repitiéndose en su cabeza. Quiso acercarse, pero el miedo a volver lastimarla lo detuvo.
Se había obligado a moverse antes, cubriéndola con una de sus sábanas, y notó cómo el cuerpo de ella se relajaba, aunque fuera un poco. No sabía nada de la biolo