Una voz la despertó.
No estaba segura de a quien pertenecía, ni siquiera logró reconocer la figura lejana que hablaba. Pero sí el nombre que se abrió paso entre la bruma, con una urgencia casi desesperada.
El suyo: Serethia.
No reconoció nada más. Aun así, quiso responderle y acercarse, impulsada por algo más que el llamado; una sensación que parecía jalarla —casi de forma física— hacia la sombra.
Se esforzó por no perderla de vista mientras caminaba, pero la neblina comenzó a disiparse despaci