Rhaerys avanzó por el pasillo con Serethia en brazos, ignorando el murmullo que se generaba a su paso. En cada pisada, el sonido de sus botas parecía ahogar los susurros; otras veces estos se elevaban sin ningún pudor. Algunos sirvientes retrocedían al verlo, otros bajaban la cabeza, incapaces de sostener la mirada sobre la joven inconsciente que aún sangraba.
—¡Trae a un sanador a su habitación! —ordenó el Beta real al soldado que iba a su lado, y este salió presuroso.
El rey lo agradeció con