Los caninos de Kaelvar le rozaron la piel y el agarre en sus muñecas se apretó más. Serethia no se movió, salvó por el escalofrío de dolor que la recorrió; se quedó quieta y cerró los ojos, temiendo que —incluso por una palabra equivocada— él la marcara.
—Ama a Kaira—dijo, sin aire, después de meditarlo, tratando de mostrarse tranquila a pesar de la situación.
Y, como lo esperaba, Kaelvar se detuvo, tensándose, y dejó de aspirar sobre su cuello. Después alzó el rostro y la miró; sus pupilas rea