Sentía calor.
Y dolía.
Cada vez que intentaba moverse, era como si le enterraran agujas en todo el cuerpo.
A veces lograba abrir los ojos y distinguir la figura borrosa de una sirvienta inclinándose sobre ella, mientras le colocaba paños húmedos en la frente.
Y después volvía a ser arrastrada por la oscuridad.
Otras veces, los parpados le pesaban tanto que prefería no intentarlo. Solo permanecer ahí, inmóvil, mientras oía murmullos que a ratos parecían transformarse en voces.
Los sonidos se esc