La oscuridad de la cueva era espesa.
Tan espesa que parecía tener peso, como si cada sombra respirara por sí misma.
Las criaturas arañaban la roca desde afuera, sus chillidos húmedos resonando como uñas sobre hueso.
El olor a tierra mojada y a algo más antiguo —algo que no pertenecía a ningún mundo vivo— impregnaba el aire.
Lucian respiraba con dificultad, apoyado contra la pared, mientras Lyra sostenía su brazo con ambas manos.
Su piel estaba fría.
Demasiado fría.
Kaelthar levantó el báculo, l