Lucian y Kaelthar llegaron al campamento de Fuego de Bruma cuando el sol apenas comenzaba a teñir de rojo el horizonte.
El ambiente estaba cargado, espeso, como si la rabia colectiva hubiera impregnado el aire.
Apenas pusieron un pie en el campamento, los murmullos se transformaron en reproches.
—Finalmente se aparece el príncipe —escupió un hombre al suelo.
—Si alguien de nuestra manada se hubiera encargado, ya habría justicia —dijo otro—. Ya habría caído el asesino.
—Pero en cambio, el prí