Unos días después.
—Vamos, apresúrate. Aún nos faltan varios kilómetros —le dijo Kaelthar a Lyra, marcando el ritmo del trote como si los treinta kilómetros que llevaban no fueran absolutamente nada.
Lyra respiró hondo. La mochila cargada de rocas le pesaba como si llevara un pedazo de montaña a cuestas. Cada paso hacía que las correas se clavaran en sus hombros, recordándole que el entrenamiento con Kaelthar no tenía nada de misericordioso.
Recordó el entrenamiento brutal que Lucian le había dado en su palacio. “Hasta en eso se parecen”, pensó. La misma complexión. La misma altura. El mismo hermoso rostro.
Solo los ojos los diferenciaban: los de Lucian, ámbar cristalino; los de Kaelthar, un azul tan claro que parecía un cielo sin nubes.
Un escalofrío le recorrió la piel. Era el mismo hombre que había visto bañado en su propia sangre en sus visiones.
—Si vuelves a unirte al Corazón de la Luna con esas piernas tan enclenques, dudo mucho que puedas resistirlo. Tampoco tu mente está entr