En lo profundo del bosque, la figura de un lobo negro se retorcía bajo la luz fragmentada de la luna. La transformación era lenta, antinatural, como si su cuerpo se resistiera a obedecer. La piel se desgarraba en tiras irregulares, los huesos crujían con un sonido seco, y los músculos parecían rebelarse contra la metamorfosis incompleta.
Ronan gruñía.
No de dolor.
De furia.
Cada espasmo era una humillación, un recordatorio de que algo se le escapaba de las manos. Su respiración era errática, pesada, cargada de una rabia que no encontraba salida. Cuando por fin logró sostenerse sobre dos piernas, el sudor y la sangre le empapaban la piel.
Su grito atravesó el bosque como una orden, como un llamado a sus tropas, a su manada… y al mundo entero.
Larius acudió al sonido, alarmado. Apenas alcanzó a pronunciar su nombre cuando Ronan lo apartó con violencia, lanzándolo contra el tronco de un árbol. El impacto arrancó un gemido al beta, pero no se atrevió a quejarse.
La mirada del alfa era un