El bosque se cerraba sobre ellas como una prisión de sombras. La humedad impregnaba cada hoja, cada piedra, cada respiración. Lyra y Evadne avanzaban con pasos cautelosos, intentando que el crujido de la hojarasca no delatara su presencia. Pero el aire cambió.
Un olor penetrante, antiguo, se deslizó entre los árboles. Era el olor de un alfa. No uno cualquiera. Un alfa negro como la noche.
El lobo emergió de la penumbra, sus ojos brillando con un fulgor que no pertenecía a este mundo. Lyra sintió que la marca en su brazo ardía de inmediato, como si reconociera aquella presencia. El fuego la atravesó con violencia, como si la sangre misma quisiera responder a ese llamado. Evadne, en cambio, se tensó, sus dedos apretando la daga con fuerza.
El instinto de ambas fue correr. Pero antes de que pudieran moverse, una voz irrumpió en sus mentes. No fue un sonido. Fue un pensamiento.
—Transfórmense y síganme.
Lyra se quedó helada. El poder de aquella voz era incuestionable, como una orden graba