Lyra despertó con un sobresalto, jadeando como si una mano invisible hubiese estado presionándole el pecho. La sala protegida estaba en penumbra, iluminada apenas por las antorchas que tintineaban desde los muros de piedra. Lucian no estaba. Ni su sombra, ni su respiración, ni su calor.
La marca en su brazo latía.
No solo brillaba: latía.
Un pulso lento, profundo, casi idéntico al de un corazón… pero no el suyo.
Lyra se incorporó con dificultad. Un leve mareo la obligó a apoyarse en la pared. A través de la ventana alta, la luna roja seguía reinando sobre el cielo, como un ojo vigilante. Y en ese silencio pesado, un murmullo se deslizó entre las grietas de la sala como si hubiese sido arrastrado por el viento.
“El precio se reclamará.”
Lyra contuvo un gemido.
No era un sonido del mundo material.
Era una voz.
La misma voz que había escuchado en la mazmorra.
La misma de la figura sin rostro.
Se le erizó la piel.
La marca latió de nuevo, esta vez con tal fuerza que la obligó a apretarse