Lyra despertó con un sobresalto, jadeando como si una mano invisible hubiese estado presionándole el pecho. La sala protegida estaba en penumbra, iluminada apenas por las antorchas que tintineaban desde los muros de piedra. Lucian no estaba. Ni su sombra, ni su respiración, ni su calor.
La marca en su brazo latía.
No solo brillaba: latía.
Un pulso lento, profundo, casi idéntico al de un corazón… pero no el suyo.
Lyra se incorporó con dificultad. Un leve mareo la obligó a apoyarse en la pared. A