El silencio había sido su único compañero desde que Isabel se marchó con Ares.
Logan condujo durante horas sin rumbo, con los nudillos blancos aferrados al volante, con los recuerdos atravesándole el pecho como cuchillas oxidadas. La última imagen de Isabel, presa en los brazos de su enemigo, aferrándose a él como si fuera su único refugio, lo había perseguido incluso cuando cerraba los ojos.
Había hecho todo lo posible. La había cuidado cuando no recordaba quién era, cuando despertaba en medio