La mansión de Ares, enclavada entre árboles milenarios y protegida por antiguas runas, respiraba una calma que contrastaba con la tormenta que todavía rugía dentro de Isabel y, sin embargo, cada rincón de ese lugar, cada objeto cuidadosamente elegido por él, le hablaba de amor, de redención, de un futuro que ambos aún podían escribir.
El calor del hogar que Ares había levantado para ella la envolvía con un aroma a leña, a hierbas, a algo perdido y recuperado. Las cortinas danzaban suavemente co