La plaza amaneció con niebla baja que lamía los peldaños del Santuario como si el mismo valle escuchara con miedo. Los cofres abiertos aún tronaban en la memoria de la gente; los cascos y las tablillas ocupaban el centro como pruebas vivas. Kaeli caminó a la altura de la piedra central, respiró hondo y dejó que su voz, al pedir orden, cortara el murmullo.
—Hoy citaremos a declarar a todos los implicados —dijo—. Nadie hablé fuera de este perímetro. Proteged a los testigos. Y que la Corte no pien