La noche que siguió a la derrota en Tannar fue la primera en semanas donde la luna no parecía presionar sobre la piel de Kaeli, sino acunarla. No porque la guerra hubiese menguado, sino porque la manada —esa madeja de cuerpos, costumbres y juramentos— había encontrado por un instante la valentía de permitirse un respiro. En el claro donde se enraizaba su campamento, las hogueras chispeaban con cuidado y las caricias de la bruma convertían la hierba en terciopelo. Los que habían sufrido heridas