La mensajería real había tardado en alcanzar la cubierta, pero su llegada trajo algo más que papeles: un llamado a prudencia, y a la vez, una orden que olía a inevitabilidad. El emisario habló con voz templada y cansada: el Rey quería sendas de diálogo abiertas con algunos caballeros influyentes, pero autorizaba a la manada a actuar donde la ley no alcanzara. Era la doble cara de la Corona: protección pública y acuerdos discretos. Daryan plegó el pergamino con la calma de quien sabe que las pal