La noticia se extendió como un rumor que se vuelve trueno: en los valles del sur, más allá de los bosques que los antiguos mapas apenas nombraban, las banderas negras habían empezado a alzarse otra vez. No eran las banderas de la vieja Cámara de los Vendedores, ni las de los mercaderes vergonzantes forzados a huir; eran enseñas nuevas y duras, amatistas con un símbolo que Kaeli no reconocía y, sin embargo, que olía a hierro viejo y promesas rotas. La ciudad aún hervía por las recientes victoria