La luna llena coronaba el cielo con un halo de plata intensa. El Corazón del Bosque, liberado de la penumbra, latía bajo el musgo con un pulso tan antiguo que hacían eco en el vientre de Kaeli. Aquella noche, la manada Volkov no cabalgaría: se alzarían en su forma lupina y correrían a la velocidad de sus propias raíces, dejando atrás el peso de los lomos humanos.
Kaeli se apartó de la cicatriz plateada del abedul, apoyando la mano sobre su vientre redondo. Daryan la acompañó, acariciando con te