El amanecer tardó en llegar.
El cielo se tiñó de un gris mortecino, como si la luna hubiera cedido su luz a la sombra que acecha.
El jardín de lunas estaba cubierto de rocío helado. Las raíces se habían retraído, dejando un cantar de silencio que calaba los huesos. Las piedras lunares, que pocas horas antes vibraban con resistencia, ahora yacían inmóviles, como envueltas en una neblina de olvido.
Kaeli emergió de la cámara de raíces, envuelta en su túnica blanca manchada de tierra. La marca en