Desperté en medio de la madrugada. La habitación estaba oscura, envuelta en silencio, y por un instante sentí el vacío de su ausencia aún más fuerte. Alcé la mano buscándolo, pero solo encontré la sábana fría y la cama vacía. Con cuidado, estiré el brazo y alcancé la lámpara de la mesita de noche; la luz tenue iluminó el cuarto y confirmó lo que mi instinto ya sabía: él no estaba.
Me sorprendí, aunque en el fondo no esperaba encontrarlo ahí, abrazándome para espantar el frío y el miedo. Me que