Adam
El hombre estaba sentado en una vieja caseta de vigilancia al norte del lago.
Dos miembros de Claro de Luna permanecían junto a la puerta.
Caleb entró detrás de Adam.
—No está armado.
—No significa que no sea peligroso.
El desconocido levantó la cabeza.
Treinta y pocos años.
Cabello largo y oscuro.
Una herida reciente en la ceja.
Olía a lobo.
Itinerante.
Adam se sentó frente a él.
—Nombre.
El hombre sonrió.
—Elias.
—¿Quién te envía?
—Ya lo sabes.
Adam no reaccionó.
—Quiero oírlo.
Elias lo