Capítulo 3: Conociendo El Infierno.

Está bien, mamá —asintió Cristina, mirando fijamente a Helena con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora—. No te preocupes, estaré bien. Tendré cuidado con ella.

​Sin embargo, en su interior, Cristina ardía en una furia contenida. Luchaba por no dejar que su madre notara que, detrás de su aparente calma, ya visualizaba esta oportunidad como el escenario perfecto para vengarse de la mujer que le había arrebatado su historia. No le iba a dejar el camino fácil; no después de todo el sufrimiento que les había causado.

​La puerta de la habitación se abrió lentamente. Helena, con una delicadeza infinita, sostuvo a Cristina de los brazos como si temiera que, al soltarla, se desvaneciera. Rompió el silencio con voz trémula:

​—Bueno, Máximo… mi hija está lista. Te la encomiendo mucho, por favor. Es lo único que tengo.

​Helena se giró y, con manos temblorosas, acunó el rostro de su hija.

​—Hija, estaré pendiente de ti —dijo con la voz quebrada—. Cuando pueda ir a visitarte, lo haré. Y cuando tú puedas venir, recuerda que este siempre será tu hogar.

​La despedida estuvo marcada por una profunda tristeza. Entre abrazos que intentaban aferrarse al último segundo y llantos que se prolongaban como si quisieran detener el tiempo, ambas sabían que lo que venía no sería sencillo. Sin embargo, estaban decididas a enfrentarlo con firmeza.

​Afuera, el auto elegante esperaba. El chofer mantenía la puerta abierta. Cristina subió con el llanto brillando en sus ojos, luchando por contener la amargura mientras la puerta se cerraba con un suave golpe seco. Desde la ventana, vio cómo se alejaba de su mundo; vio desvanecerse la casa que fue testigo de su infancia y cómo su madre la observaba partir con el rostro empapado en lágrimas.

​El vehículo avanzó dejando atrás las calles polvorientas del pueblo y sus casas humildes. A medida que se acercaban a la ciudad, el aire denso de campo se transformó en el bullicio del tráfico y la prisa de la gente. Tras casi dos horas de viaje, se adentraron en un sector exclusivo. Las mansiones, que ocupaban cuadras enteras, reflejaban una opulencia que Cristina solo conocía por la televisión.

​Entonces, se detuvieron frente a la imponente residencia de los Salinas. Verla en persona era una experiencia abrumadora. Las majestuosas columnas y los enormes ventanales dominaban el paisaje, gritando una grandeza que la dejó sin palabras. Las rejas se abrieron lentamente, dando paso a un jardín de ensueño con senderos de piedra y una fuente de agua cristalina que brillaba bajo el sol.

​Máximo abrió la puerta con cortesía impecable y le extendió la mano. Cristina descendió lentamente, atónita, sintiendo que el esplendor del lugar la asfixiaba.

​—Sígame, por favor. La están esperando.

​Cristina asintió en silencio y caminó tras él. El eco de sus pasos en los pasillos parecía amplificarse, como si la casa misma la estuviera juzgando. Finalmente, llegaron a una estancia majestuosa donde una pequeña multitud aguardaba.

​En el centro, Lucrecia Montero, la viuda de Salinas, permanecía sentada con porte aristocrático. Su mirada decidida revelaba a una mujer ambiciosa y sin escrúpulos. A su lado estaba Miguel Salinas, sobrino de don Fernando: un joven peligrosamente atractivo, de cabello negro impecable y ojos verde aceituna, cuya piel tersa y altura imponente contrastaban con su carácter frío y calculador. Él observaba a Cristina de arriba abajo con una mezcla de curiosidad y reserva. Junto a él, Claudia, su novia, observaba con una posesión feroz y celosa. La servidumbre, perfectamente alineada al fondo, esperaba órdenes en un silencio sepulcral.

​—Buenas tardes a todos. Este es un anuncio de máxima importancia. Les pido que escuchen con atención —declaró Máximo con voz firme.

​—Nos reunimos hoy para honrar la presencia de la señorita aquí presente. Me gustaría presentarles a Cristina Ramírez, ahora conocida como Cristina Salinas, hija de don Fernando Salinas y heredera legítima de los bienes y la sangre de su padre.

​Todas las miradas convergieron en ella. La presencia de Cristina desentonaba de forma brutal: vestía una simple camisa blanca, unos jeans rotos y tenis gastados por el uso. Su apariencia modesta chocaba contra la elegancia del salón como un cristal rompiéndose.

​"Ahí está… la bastarda", pensó Lucrecia con desprecio.

​Sus ojos, afilados como cuchillas, recorrieron a Cristina con un rechazo evidente, deteniéndose en cada detalle de su aspecto descuidado con un odio que apenas lograba contener bajo su máscara de superioridad.

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