Capítulo 6: Enfrentando Mi Destino.

Mientras tanto, Lucrecia observaba desde lo alto, inmóvil, casi fundida con la penumbra de su habitación. Oculta como un depredador paciente, sus ojos seguían cada gesto, cada risa compartida entre Miguel y Cristina en el jardín. Había algo en esa cercanía que le resultaba insoportable, una presión constante en el pecho que le impedía respirar con normalidad. Sus dedos se aferraron al marco de la ventana con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, conteniendo en ese gesto todo lo que no se permitía gritar.

​Desde siempre —aunque jamás lo había admitido en voz alta— Lucrecia había guardado sentimientos por Miguel. No eran afectos suaves ni inocentes; eran intensos, posesivos y, con el tiempo, se habían vuelto peligrosos. Verlo ahora tan cercano a otra mujer que no fuera Claudia —su novia oficial, quien ya estaba acostumbrada a la presencia constante de Lucrecia— despertaba en ella una mezcla amarga de celos y resentimiento.

​—Disfruta... bastarda —susurró con una calma que helaba la sangre—. Aprovecha cada segundo. Porque cuando esto termine, desearás nunca haber pisado este lugar... y en cuanto a ti, Miguel, no serás de nadie más.

​Soltó el marco de la ventana, pero no antes de dejar marcada la madera con la presión de sus uñas, un rastro físico de su rabia. Sin prisa, se dio media vuelta y se hundió en la oscuridad de la estancia, dejando tras de sí una estela de intenciones sombrías.

​A la mañana siguiente, un suave golpeteo en la puerta despertó a Cristina. Era Máximo.

​—Señorita Cristina, muy buenos días —dijo él, asomándose discretamente—. Hoy es un día de gran importancia. Tendrá su primer encuentro con los socios de la multinacional y el equipo de abogados; todos han sido convocados para su presentación oficial. Le ruego que se prepare; la estaré esperando en el automóvil. En el vestidor encontrará opciones de vestuario y calzado. Si lo desea, el desayuno ya está servido en el comedor.

​Cristina se incorporó de golpe, con el corazón galopando contra sus costillas.

 El nerviosismo la invadió sin pedir permiso. Una reunión de negocios. No estaba preparada... o al menos eso sentía. Cerró los ojos un instante, obligándose a respirar. No podía fallar. No ahora que había tanto en juego.

​—Puedes hacerlo —se dijo en un susurro, tratando de transformar la duda en certeza.

​Se dirigió al vestidor y, con el pecho oprimido por la indecisión, eligió un vestido sencillo. La tela fina rozó su piel con una frialdad que la hizo estremecerse. Escogió unos zapatos que no combinaban en absoluto; el material rígido le apretó los pies desde el primer momento, como si fueran instrumentos de tortura. Se recogió el cabello a medias, dejando mechones rebeldes que le cosquilleaban el cuello, y dejó su rostro lavado, expuesto y sin una gota de maquillaje.

​Al dar los primeros pasos, el taconeo seco contra el suelo le resultó ajeno. Se sentía fuera de lugar, tambaleándose ante la amenaza de perder el equilibrio. En las calles, su cuerpo se movía con libertad bajo ropa desaliñada; aquí, cada detalle pesaba como una armadura que no sabía portar.

​Con dificultad, salió de la habitación y avanzó hacia el comedor. La mesa estaba dispuesta con una precisión casi quirúrgica. La loza de porcelana brillaba bajo la luz fría, alineada con una rigidez que parecía castigar cualquier rastro de espontaneidad. El aroma del café recién hecho la envolvió, ofreciéndole un breve consuelo en medio de aquel entorno tan hostil.

​Se sentó y comenzó a comer con una rapidez tosca, ignorando cualquier norma de etiqueta, como si la costumbre de la calle venciera a la elegancia del salón. Masticaba con desgano, rompiendo el silencio con sonidos que acentuaban la incomodidad del ambiente.

​Entonces, apareció Lucrecia.

​La mujer entró al comedor como quien reclama un territorio invadido. Al ver a Cristina, la recorrió de arriba abajo con un desdén metódico. Sus labios se curvaron en un gesto de profundo desprecio al notar el vestido mal combinado y el cabello despeinado.

​Sin embargo, Cristina no se inmutó. Como si aquella mirada cargada de veneno no hubiera logrado rozarla, terminó su café y se levantó con calma. El leve chirrido de la silla al apartarse fue su única respuesta al silencio de Lucrecia.

​Caminó hacia la salida con paso lento pero firme, luchando contra la incomodidad de los tacones. Cada paso era una declaración de intenciones: no iba a quebrarse. Máximo la esperaba junto al automóvil, con el motor en marcha y el destino marcado.

​La reunión, contra todo pronóstico, resultó ser un éxito rotundo.

​Cristina entró a la sala de juntas consciente de que su atuendo no era el adecuado, pero esa carencia no pareció restarle fuerza. Al contrario, su presencia imponía una seguridad difícil de ignorar. Cuando comenzó a hablar, el escepticismo de los socios se transformó en asombro. Cada palabra estaba medida, cada idea expuesta con una claridad que desarmaba cualquier duda. 

Aquella joven, vestida con retazos de una vida que no le pertenecía, hablaba con la autoridad de quien sabe exactamente lo que es tener que luchar para sobrevivir.

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