Mundo ficciónIniciar sesión¡¿Después?! —Cristina soltó una risa amarga, llena de incredulidad—. ¿Después de qué, mamá? Explícamelo, porque no lo entiendo.
Dio un paso atrás, como si la cercanía de Helena le quemara.
—Me ocultaste quién era… me arrebataste mi historia. ¡Mi identidad!
Helena se llevó una mano al pecho, como si las palabras de su hija fueran golpes certeros.
—No fue para hacerte daño… fue para protegerte —alcanzó a decir.
Cristina respiró con dificultad; sus manos temblaban, pero la rabia seguía quemándola por dentro. Miró a su madre con una mezcla de desprecio y dolor, como si le costara reconocerla. Cada palabra que salía de su boca parecía una daga afilada que cortaba cualquier vestigio de comprensión entre ellas.
—¡¿Protegerme de qué?! —estalló Cristina, con los ojos brillantes de furia contenida—. ¿De vivir en la pobreza? ¿De no saber quién soy? ¿De pasar noches enteras preguntándome por qué la vida era tan injusta conmigo? ¿De eso, mamá?.
Helena intentó dar un paso hacia ella, pero Cristina la apartó con un gesto brusco. Aquella proximidad, cargada de años de secretos, de ausencias y de una historia arrancada sin permiso, la hacía sentir asfixiada. En su rostro se reflejaba el eco de una vida que le habían negado, y la verdad, ahora desnuda ante sus ojos, le pesaba más que todo lo que había vivido.
Helena se quedó en silencio, mirando a su hija con la impotencia de quien sabe que, sin importar lo que diga ahora, ya es tarde. El daño estaba hecho.
—Lo que hice... —Helena comenzó, pero su voz se quebró, como si las palabras se atoraran en su garganta—. Lo hice porque pensaba que te estaba protegiendo de un dolor mucho mayor. Pensaba que, si te mantenía alejada de la verdad, no tendrías que cargar con el peso de... de todo esto. De esa familia que solo nos causó daño y desgracias. Lo lamento tanto, hija... —susurró finalmente, con lágrimas en los ojos mientras se cubría la boca con las manos.
—Por favor, señora Helena —interrumpió Máximo—. Hoy mismo debo llevar a Cristina a la mansión.
Habló con voz distante y cortante, rompiendo de golpe la tensión palpable en el aire. Helena giró lentamente la cabeza hacia él, con los ojos destilando un desprecio absoluto.
—¿Qué estás diciendo? ¿Acaso es una obligación? —preguntó Helena con voz temblorosa, apenas capaz de procesar la gravedad del asunto. La mansión era el último lugar donde deseaba que su hija estuviera.
El hombre no se inmutó. Su rostro permanecía impasible, pero sus palabras eran claras y firmes.
—Es una orden, señora. Clara y directa de don Fernando. Ya no hay vuelta atrás; todo está preparado para su llegada.
—Pero… ¿y Cristina? ¿De verdad crees que está lista para eso? —cuestionó Helena. No se trataba solo de la falta de preparación académica o profesional, sino de un temor mucho más profundo: el de ver a su hija enfrentarse a un mundo complejo y doloroso. Cristina parecía tan ajena a lo que implicaba esa nueva etapa que su madre temía que la lanzaran al vacío sin paracaídas.
—No se preocupe, señora Helena. El señor Fernando dejó todo dispuesto antes de su fallecimiento. Cristina no estará sola en este proceso; contará con los mejores asesores y abogados, quienes se encargarán de brindarle todo el apoyo y la asesoría en cada paso que requiera.
—Tienes razón, ella tendrá todo... pero dime una cosa, Máximo: ¿quién protegerá a Cristina de esa mujer? ¿De Lucrecia Montero?
La voz de Helena tembló por un instante, pero rápidamente se endureció. Se pasó una mano por el cabello, visiblemente nerviosa, tratando de calmar la tormenta interior.
—Sabes que mi hija va directo a la boca del lobo… —murmuró con una voz quebrada por un miedo que ya no podía ocultar.
—No debe temer, señora Helena —respondió él con firmeza, sin apartar la mirada—. Yo estaré con ella… la protegeré, cueste lo que cueste. Fui el hombre de confianza y el más leal a don Fernando —añadió con voz grave—. Ese compromiso no murió con Don Fernando.
—Eso espero, Máximo —replicó Helena, clavando en él una mirada fría—. Ojalá tengas más pantalones de los que le faltaron a Fernando. Si me permites, voy a hablar un momento a solas con mi hija.
Sin esperar respuesta, tomó a Cristina del brazo con una mezcla de urgencia y temblor, y la condujo hasta la habitación, cerrando la puerta tras ellas.
—Hija, necesito que me escuches con mucha atención —dijo Helena, sujetándole el rostro con ambas manos para obligarla a mirarla—. Debes cuidarte de toda la familia Salinas. Especialmente de Lucrecia Montero, la esposa de Fernando. Esa mujer es peligrosa, Cristina; no tiene escrúpulos.
Respiró hondo, como si cada palabra pesara años.
—Yo trabajé en esa mansión antes de que tú nacieras. Tu padre y yo nos enamoramos —su voz vaciló apenas—. Poco después quedé embarazada. Llegaste de forma inesperada, pero fuiste lo único bueno que salió de todo aquello.
Sus ojos se nublaron al recordar.
—Lucrecia no podía tener hijos y, cuando se enteró de nuestra relación, perdió la razón. Intentó acabar con nosotras, Cristina. No fue un simple enojo; fue odio del más oscuro.
Hizo una pausa, apretando las manos de su hija con más fuerza.
—Tu padre… sé que nos amaba. Pero era un hombre débil. Se dejaba manipular por esa mujer; siempre lo hizo. Al final, eligió el silencio antes que enfrentarse a ella. Por eso te oculté y te mantuve lejos de ese mundo. Pero ahora estás entrando en él, y necesito que sobrevivas. No confíes en nadie, hija. En nadie… excepto en Máximo, quien ya ha demostrado estar dispuesto a dar la vida por ti.







