Capítulo 7: Cómo Un Angel De Ensueño

El día siguiente a la reunión transcurría con una tranquilidad distinta, más íntima, como si el éxito reciente aún flotara en el ambiente. Cristina estaba en el jardín, dejando que el aire fresco de la mañana ordenara sus pensamientos, cuando el sonido de pasos sobre la grava la hizo alzar la vista.

​Entonces lo vio.

​Era Miguel. Vestía una camisa blanca que resaltaba su porte impecable; por un instante, pareció un ángel celestial arrancado de un sueño… o, al menos, eso fingía ser.

​—Hola, Cristina. Buenos días… ¿cómo estás? —saludó él con voz envolvente, una sonrisa suave y una calidez cuidadosamente calculada.

​Dio un paso hacia ella, acortando la distancia con una confianza sutil, sin llegar a invadir su espacio personal. Sus ojos no se apartaron ni un segundo; la recorrieron despacio, con un interés que no intentaba disimular, pero que tampoco resultaba evidente a primera vista. Miguel inclinó apenas la cabeza, como si la estudiara.

​—Te ves… distinta hoy —añadió, dejando la frase suspendida en el aire, cargada de intención.

​El rostro de Cristina se encendió ligeramente. Fue un rubor suave que intentó ocultar bajando la mirada; sin embargo, no pudo disimular cómo la cercanía de Miguel la estremecía, alterando el aire a su alrededor.

​—Sabes… debes de estar aburrida, encerrada en este lugar y viendo la cara amarga de la tía Lucrecia todo el día —comentó Miguel. Hizo una breve pausa para medir su reacción, observando cada gesto—. Conozco un lugar muy hermoso cerca de aquí… —añadió, bajando el tono de voz—. Si quieres, podemos ir. Te invito.

​No lo planteó como una simple propuesta. Había en sus palabras una suavidad estratégica, una invitación envuelta en una falsa familiaridad.

​—Yo… no lo sé… —respondió Cristina, visiblemente nerviosa.

​—Vamos, Cristina… soy tu primo —insistió Miguel con un matiz de entusiasmo que dulcificaba su voz—. Yo te cuidaré. Confía en mí.

​Acompañó la promesa con una sonrisa protectora, como si a su lado nada en el mundo pudiera representar un peligro. Cristina dudó, pero tras unos minutos de vacilación, dejó escapar un suspiro y asintió.

​—Está bien… —murmuró para sí misma—. Iré contigo.

​La sonrisa de Miguel no tardó en aparecer: lenta y satisfecha, aunque supo camuflarla bajo un gesto encantador.

​—Perfecto —dijo finalmente con una suavidad casi triunfal—. Te va a gustar, ya verás.

​Poco después, Cristina se arregló de manera casual. No necesitaba artificios para sentirse cómoda; su forma de presentarse conservaba una naturalidad que no buscaba impresionar. Al subir al auto, se acomodó en el asiento con gesto tranquilo.

​—Al Parque Masayoshi Ōhira —ordenó Miguel al chófer con tono firme.

​El vehículo arrancó, alejándolos del bullicio hacia aquel rincón de la ciudad que parecía pertenecer a otro mundo. El diseño de inspiración japonesa envolvía los senderos con delicadeza: faroles de piedra que susurraban luz, riachuelos serpenteantes y puentes arqueados diseñados para encuentros destinados o despedidas inevitables.

​La vegetación terminaba de dar vida al escenario: sauces que dejaban caer sus ramas como cortinas de secretos, arces japoneses en matices rojizos y flores de loto descansando serenas sobre el agua, ajenas a la inquietud humana.

​El día transcurrió entre caminatas y conversaciones triviales. Hubo risas, pero también silencios de esos que no incomodan, aunque dejan demasiado espacio para pensar. Al caer la tarde, con el cansancio acumulado, los pasos de Cristina se hicieron más pausados. Miguel la observó de reojo, midiendo cada respiración, consciente de que incluso ese agotamiento podía jugar a su favor.

​—¿Estás cansada? —preguntó, inclinando la cabeza con una atención impostada.

​Señaló una banca de madera bajo la sombra de un sauce.

​—Ven, sentémonos aquí —dijo mientras la tomaba suavemente del brazo. El gesto parecía atento, pero su contacto tenía una firmeza oculta, como si la guiara más de lo necesario.

​Al sentarse, Cristina soltó un suspiro. Miguel, en cambio, no apartó la mirada de ella; la estudiaba como si cada detalle formara parte de un plan maestro.

​—Sabes… este es uno de mis lugares favoritos —comentó con calma estudiada—. La estética japonesa siempre me ha parecido fascinante.

​Sus ojos seguían fijos en ella. No admiraba el paisaje, la medía a ella.

​—Sí, es realmente hermoso —respondió Cristina, recorriendo el entorno con la mirada—. Y, ¿sabes? Me parece… misterioso.

​—El misterio es lo que lo hace interesante —susurró él, ladeando la cabeza—. Lo evidente aburre; lo oculto, en cambio, invita a ser descubierto.

​Sus dedos rozaron intencionalmente el respaldo de la banca, acercándose a ella.

​—Dime… ¿te gustan los misterios, incluso cuando pueden volverse incómodos? Porque a mí me encantan.

​Se inclinó hacia ella, acortando la distancia hasta que el aire entre ambos pareció detenerse. Sus miradas se encontraron: la de Miguel ardía con una intención oscura y peligrosa; la de Cristina revelaba una atracción silenciosa que ya no podía ocultar.

​Ella se quedó inmóvil. El viento sopló con suavidad, levantando un mechón de cabello que cayó sobre su rostro, rozando sus labios con una lentitud provocadora. Miguel no dudó. Con un movimiento calculado, alzó la mano y apartó el mechón. Sus dedos apenas rozaron la piel, pero fue suficiente para que la atmósfera se volviera eléctrica.

​Entonces, sus labios se encontraron. Primero con una timidez casi irreal, como si el tiempo dudara en avanzar; después, con una intensidad desbordante que rompió cualquier rastro de contención.

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