Está bien, mamá —asintió Cristina, mirando fijamente a Helena con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora—. No te preocupes, estaré bien. Tendré cuidado con ella.Sin embargo, en su interior, Cristina ardía en una furia contenida. Luchaba por no dejar que su madre notara que, detrás de su aparente calma, ya visualizaba esta oportunidad como el escenario perfecto para vengarse de la mujer que le había arrebatado su historia. No le iba a dejar el camino fácil; no después de todo el sufrimiento que les había causado.La puerta de la habitación se abrió lentamente. Helena, con una delicadeza infinita, sostuvo a Cristina de los brazos como si temiera que, al soltarla, se desvaneciera. Rompió el silencio con voz trémula:—Bueno, Máximo… mi hija está lista. Te la encomiendo mucho, por favor. Es lo único que tengo.Helena se giró y, con manos temblorosas, acunó el rostro de su hija.—Hija, estaré pendiente de ti —dijo con la voz quebrada—. Cuando pueda ir a visitarte, lo haré. Y cu
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