En medio de ese beso intenso y desbordado, el eco de las palabras de su madre irrumpió en la mente de Cristina con una fuerza implacable, como un recuerdo que no daba tregua: no confíes en nadie… especialmente en los Salinas.Sus manos, todavía temblorosas por la cercanía, descansaron sobre el pecho de Miguel. Sintió el latido firme bajo sus dedos y, por un instante, todo en ella deseó abandonarse a ese ritmo, dejarse llevar. Pero esos pensamientos la detuvieron. Entonces, lentamente, lo apartó.—Lo siento, Miguel… —susurró, llevándose una mano a los labios, como si pudiera borrar el rastro de aquel beso, como si con un simple gesto pudiera deshacer lo que había despertado en su interior.Miguel la miró, desconcertado, como si de repente todo lo que creía saber se tambaleara. Sus cejas se fruncieron apenas, y un suspiro se le escapó entre los labios.—No… espera —dijo en voz baja, moviéndose ligeramente en la silla, sin perder la distancia necesaria, buscando desesperadamente sus ojos
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