Capítulo 4: ¡ La Bienvenida!.

Miguel apoyó el codo en el brazo de la silla, adoptando una postura relajada que contrastaba con la atención afilada de su mirada. Sus ojos recorrieron a Cristina sin prisa, descendiendo con una lentitud casi deliberada: la tela gastada de su camisa, el cabello sin domar, los zapatos vencidos por el uso. Ladeó apenas la cabeza, como si evaluara una pieza fuera de lugar.

​Se llevó la mano a la barbilla y la frotó con suavidad, fingiendo un aire pensativo. Pero en el leve entrecerrar de sus ojos había algo más: cálculo, puro y frío. Una sonrisa mínima curvó sus labios, tan sutil que habría pasado desapercibida para cualquiera. No había calidez en ella, solo intención.

​«La bastarda... no es tan desagradable», pensó, mientras su mirada se detenía un segundo más de lo necesario en su rostro. «Con un poco de arreglo... podría pasar por alguien de la alta sociedad».

​Sus dedos tamborilearon apenas sobre el brazo de la silla, marcando un ritmo lento y paciente, como si ya estuviera midiendo el tiempo que le tomaría conquistarla.

​—Y bien, Máximo... —lo interrumpió Lucrecia. Hizo una breve pausa, como si la siguiente palabra le resultara físicamente desagradable—. ¿Cómo es que esta... muchachita... —la recorrió de la cabeza a los pies sin disimulo, deteniéndose en cada imperfección— va a hacerse cargo de los bienes de Fernando?

​Alzó apenas una ceja, cruzándose de brazos con una elegancia rígida, casi teatral.

​—Porque, francamente —añadió con una leve inclinación de la cabeza y una sonrisa gélida—, no parece estar a la altura.

​Máximo no respondió de inmediato. Se limitó a acomodarse los gemelos con parsimonia, como si las palabras de Lucrecia no merecieran prisa. Luego alzó la mirada hacia ella, firme e inquebrantable.

​—Señora Lucrecia —intervino con firmeza, sin perder la compostura—, con todo el respeto que usted se merece, don Fernando dejó todo debidamente dispuesto antes de su fallecimiento. La señorita Cristina no estará sola en este proceso; contará con el acompañamiento de profesionales altamente calificados, quienes le brindarán orientación especializada en cada aspecto legal y comercial de la multinacional.

​Hizo una pausa necesaria para asegurarse de que cada palabra calara.

​—Asimismo, la señorita Cristina iniciará, a la mayor brevedad posible, su formación académica y un programa de capacitación integral para asumir sus responsabilidades con la preparación que la posición le exige. Además —añadió Máximo, recorriendo el salón con una mirada que no admitía interrupciones—, les recuerdo a todos que la señorita Cristina no está aquí por capricho ni por apariencias.

​Se detuvo un instante, dejando que el silencio tensara el ambiente.

​—Está aquí porque es la legítima heredera de Fernando. Y eso —marcó cada sílaba con precisión— no está sujeto a discusión.

​Su voz no se elevó, pero la autoridad en ella fue suficiente para cerrar cualquier intento de réplica.

​Lucrecia observó a Máximo con una leve sonrisa que no alcanzaba a ser genuina; era más bien un reflejo de desdén. Su mirada, fría y calculadora, se mantuvo fija en él mientras asimilaba la respuesta. La seguridad de su postura la desquiciaba por dentro, pero se mantuvo imperturbable en el exterior. Jugó con la copa de vino en sus manos, balanceándola con un movimiento lento y meticuloso, hasta que finalmente dejó escapar una risa suave, sin humor.

​—Siempre tan... prudente, Máximo —la palabra salió de sus labios como una insinuación velada, acompañada de una mirada que buscaba cualquier grieta en su fachada de confianza—. No me malinterprete, querido —continuó, bajando el tono, pero cargándolo de veneno—. No dudo de la legitimidad de la señorita Cristina. Es solo que... —levantó una ceja, mirando a la joven como si fuera un objeto de saldo— es difícil imaginarla tomando las riendas de algo tan grande, tan... importante.

​Soltó una pequeña carcajada burlona antes de rematar:

​—Porque veo que, al parecer, también necesita asesoría de imagen. De eso no tengo la menor duda.

​Cristina se mantuvo estoica, pero sus ojos destellaron con un brillo desafiante. No era la primera vez que se enfrentaba a palabras que intentaban deslegitimarla; la vida en la calle le había enseñado a no dejarse afectar por ataques de ese calibre. Había aprendido a leer a las personas, a entender sus intenciones y a contrarrestarlas con la misma calma que ahora exhibía.

​—Señora Lucrecia, debe saber que dirigir no se trata de vestidos ni de apariencias —replicó sin apartar la mirada—. Se trata de criterio, de carácter... y de la capacidad de tomar decisiones cuando todo está en juego.

​Dejó que el silencio volviera a instalarse, denso e incómodo.

​—Y eso, señora Lucrecia —añadió con una leve inclinación de cabeza, casi elegante—, no se compra... ni se hereda por matrimonio, ni por sangre.

​Sus ojos no titilaron ni un segundo. La calma en su expresión contrastaba con la firmeza de sus palabras. Lucrecia apretó los labios; un gesto breve, pero suficiente para delatar que el golpe había dado en el blanco. Sus dedos, cubiertos de anillos, se tensaron sobre la copa. Sus ojos recorrieron a Cristina una vez más, pero esta vez con una chispa de ofensa herida.

​—Qué discurso tan... inspirador —murmuró, ladeando la cabeza—. Casi me conmueve.

​Lucrecia alzó las manos y comenzó a aplaudir. Lento. Medido. Cada palmada resonaba en el silencio como un eco cargado de burla.

​—Bravo... —susurró, esbozando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Realmente bravo.

​Dio un paso al frente, despacio, como una depredadora que no necesita apresurarse.

​—Pero no confundas compostura con autoridad —continuó, bajando la voz—. He visto a muchos hablar de carácter... hasta que el peso real del poder los aplasta. En este mundo todo tiene un precio, querida. Incluso las convicciones.

​Se apartó con calma, alisando una arruga inexistente en su ropa.

​—La diferencia —añadió, mirando por encima del hombro— es que algunos sabemos exactamente cuánto vale cada cosa... y cada persona.

​Sus ojos, afilados como cuchillas, pasaron de Máximo a Cristina cargados de un odio apenas contenido. Por un instante pareció que iba a decir algo más, pero su orgullo pudo más. Giró sobre sus talones con una elegancia violenta y comenzó a alejarse. El eco de sus pasos retumbó en el salón, firme y autoritario.

​Al pasar junto a ellos, apenas movió los labios para soltar un susurro hiriente:

​—Maldita... gata bastarda.

​Miguel observaba el espectáculo con una calma insolente. Sus labios se arquearon en una sonrisa de pura diversión.

​—Ay, querida tía... te salió salvaje —murmuró para sí mismo—. No te va a quedar nada fácil con la bastarda.

​Sus ojos brillaron con un destello oscuro, entretenido ante el conflicto que apenas comenzaba a desplegarse.

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