Capítulo 5 : Lo Que Parece Atracción.

Máximo observaba el espectáculo de Lucrecia en silencio, con una mirada fija y distante, como quien está demasiado acostumbrado a sus berrinches. No parecía inmutarse por los gritos ni por la furia que ella desbordaba; para él, la escena era monótona, casi rutinaria.

 ​Finalmente, cuando el estrépito de los pasos de Lucrecia se disipó, él rompió el silencio con una calma calculada. No había prisa en su voz, solo una firmeza que desafiaba el desorden emocional que aún flotaba en el aire.

 ​—Bueno, entonces... prosigamos —dijo Máximo con una serenidad medida, como si el caos no lo hubiera tocado en lo más mínimo—. Para concluir: la servidumbre estará a su entera disposición, señorita. Y para cualquier otra cosa que necesite, yo también lo estaré.

 ​Hizo una pausa, observando a cada uno de los presentes para asegurarse de que sus palabras tuvieran el peso adecuado.

 ​—Eso es todo. Pueden volver a sus labores. La reunión ha terminado.

 ​El salón comenzó a vaciarse como una marea que se retira sin hacer ruido. Uno a uno, los empleados se marcharon sumidos en sus propias tareas. La quietud fue reemplazada por el murmullo habitual de la casa retomando su ritmo; voces lejanas y pasos apresurados de quienes se dedicaban a mantener la maquinaria de la mansión en marcha.

 ​—Señorita Cristina —dijo Máximo con voz suave pero firme—, por favor, acompáñeme. Le mostraré la propiedad y su habitación para que pueda instalarse.

 ​Con un gesto cortés, le indicó la puerta, invitándola a seguirle. El recorrido por la mansión resultó casi irreal para ella. Cada paso la llevaba a un mundo distinto, donde la perfección era palpable y deslumbrante. La decoración, impecable, estaba cuidadosamente pensada en cada rincón: paredes cubiertas con tapices y obras de arte que parecían contar historias de otros tiempos, y candelabros de cristal que emitían una luz cálida, acentuando la grandeza del lugar.

 ​La mansión era un laberinto de pasillos interminables y puertas que se abrían a salones majestuosos. Máximo la guió sin prisa, como si estuviera mostrando un tesoro guardado con celo, asegurándose de que ella apreciara cada detalle.

 ​Finalmente, llegaron a lo que sería su dormitorio. Al abrirse la puerta, Cristina se quedó sin aliento. La habitación era enorme, mucho más vasta de lo que jamás habría imaginado. Las paredes estaban adornadas con telas finas y el mobiliario, de un lujo discreto pero imponente, parecía más propio de un palacio que de una casa. Nada de aquello se asemejaba a la vida humilde que había dejado atrás.

 ​En el centro, la cama, vestida con sábanas de seda, se erguía como un refugio de opulencia. Cristina recorrió el espacio con la mirada, sintiendo una mezcla de asombro y desconcierto. Una vez sola, se instaló, dejando que la suavidad de las telas la envolviera mientras intentaba asimilar su nueva realidad.

 ​Un rato después, cuando el silencio se había apoderado de su ala de la mansión, escuchó un leve golpeteo en la puerta. Era suave, casi imperceptible, pero lo suficientemente claro como para captar su atención. Se levantó con calma y, aunque su mente intentaba anticipar quién podría ser, la sorpresa la golpeó al abrir.

 ​Allí estaba Miguel.

 ​Cristina se quedó por un instante sin aire. Era un hombre sumamente atractivo, con una presencia que parecía detener el tiempo. Su figura, impecablemente vestida, irradiaba una seguridad natural que contrastaba con la fragilidad que ella sentía en ese momento. Sus rasgos estaban perfectamente definidos y su porte elegante lo hacía parecer más un actor de cine que un pariente lejano.

 ​El aire entre ellos se volvió denso. Cristina no pudo evitar sentirse pequeña ante él, atrapada entre la admiración y la confusión. Cuando sus miradas se cruzaron, ella la apartó rápidamente, sintiendo cómo el calor subía por sus mejillas.

 ​—Hola, Cristina —dijo él, rompiendo el silencio con una voz aterciopelada—. Disculpa si te interrumpo.

 ​Dio un paso hacia ella, manteniendo la vista fija en la joven, pero con una sonrisa ligera diseñada para disipar la tensión.

 ​—Me presento: soy Miguel Salinas, sobrino de tu padre. Mucho gusto. Estuve en la reunión, pero no tuvimos la oportunidad de hablarnos formalmente.

 ​Cristina, aún sonrojada, lo miró de nuevo tratando de controlar los nervios. Su mente tardó unos segundos en procesar las palabras, sorprendida por la amabilidad del joven, tan distinta a la hostilidad que había sentido minutos antes en el salón.

 ​—Hola, Miguel —respondió ella en un susurro cargado de timidez. Sus ojos se alzaron ligeramente, buscando el equilibrio entre la cortesía y la incomodidad—. Mucho gusto.

 ​—No tienes que preocuparte —dijo él, percibiendo su agitación con una sonrisa compasiva—. No es fácil llegar a un lugar tan grande y diferente, ¿verdad? Quiero que te sientas cómoda, como en tu casa.

 ​Cristina asintió levemente, conmovida por su tono. Había algo en la manera de hablar de Miguel que le transmitía una extraña serenidad.

 ​—Gracias —respondió ella, algo más segura—. Intentaré adaptarme.

 ​—Ven, si quieres puedo mostrarte otros rincones de la mansión —propuso Miguel con entusiasmo fingido, como si compartir su hogar fuera su mayor deseo—. El jardín, por ejemplo, es un lugar precioso que debes conocer.

 ​—Me encantaría —aceptó Cristina, permitiéndose una pequeña sonrisa.

 ​Recorrieron el jardín lentamente. Cristina quedó cautivada por la explosión de colores vibrantes y el aroma envolvente de las flores que brillaban bajo la luz del atardecer. A lo lejos, una fuente de aguas cristalinas marcaba el ritmo con una melodía tranquila.

 ​—Es... increíble —murmuró ella.

 ​—Sabes, es mi lugar favorito —aseguró Miguel, bajando el tono de voz para darle un matiz más íntimo. Sus ojos se perdieron por un instante entre los árboles, simulando nostalgia—. No le prestes atención a la tía Lucrecia —añadió de pronto, con un tono sarcástico y burlón—. Ella siempre ha sido así. Una completa bruja.

 ​Cristina lo miró sorprendida por su franqueza, pero no pudo evitar soltar una pequeña risa nerviosa. Ese gesto pareció aligerar el ambiente y Miguel le devolvió la sonrisa, ahora con una expresión más relajada.

 ​—Es una mujer difícil —admitió él—. Te sorprendería lo que es capaz de hacer para mantener todo bajo su control. Por eso, es mejor no darle importancia.

 ​Siguieron caminando mientras las sombras se alargaban. A medida que avanzaban, Cristina comenzó a disfrutar de la compañía. La presencia de Miguel la desarmaba y, al mismo tiempo, la hacía sentir protegida.

 ​—Gracias por mostrarme todo esto, Miguel —dijo finalmente, con una sonrisa sincera—. Es mucho más de lo que imaginaba.

 ​—Para eso estamos —respondió él, con una calidez perfectamente dosificada; esa clase de tono que sabe inspirar confianza sin levantar sospechas.

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