El rugido grave del motor del sedán negro resonó discretamente frente al edificio donde vivía Maritza, mezclándose con el murmullo nocturno de la ciudad. Una brisa suave agitaba las ramas de los árboles alineados a lo largo de la acera, y algunas ventanas aún encendidas dejaban escapar jirones de conversaciones, de vidas.
En el interior del auto, Alan se removió con incomodidad. Llevaba un elegante traje negro, perfectamente entallado, pero la rigidez del pantalón sobre sus piernas inertes le p