El restaurante era un templo de sofisticación. Las luces tenues caían como caricias doradas sobre las mesas vestidas de lino blanco, y una música suave, de cuerdas y piano, flotaba en el aire con una elegancia medida. Maritza entró primero, deslizándose por el salón como si perteneciera a ese mundo de copas talladas y sonrisas calculadas. Los hombres volteaban a verla, las mujeres la escaneaban de arriba abajo, y Alan… Alan apenas podía apartar la vista de su espalda descubierta.
La mesa reserv