La mansión estaba en silencio. Adrián dejó su chaqueta sobre el perchero, con las manos aún entumecidas por la furia. Sus pasos fueron lentos, como si el suelo pesara más de lo normal. Subió las escaleras sin prender la luz, guiado por la tenue iluminación que escapaba desde el cuarto principal.
Al abrir la puerta de la habitación, la vio.
Nelly estaba sentada en la mecedora, con su hijo dormido entre los brazos. Su rostro, suavemente iluminado por la lámpara de noche, estaba sereno pero con la