La noche había caído sobre la ciudad como un telón de terciopelo negro, suave pero implacable. En la mansión Montenegro, las luces parpadeantes de los rascacielos dibujaban un horizonte frío y distante, como una constelación artificial tejida por manos codiciosas. El aire olía a cigarro caro, whisky añejo y ambición rancia.
En el salón de reuniones, bañado por una tenue luz ámbar, dos hombres brindaban en silencio. Las copas de cristal tintinearon, ahogadas por la alfombra persa que cubría el s