Después de la convención, caminaron juntos por las calles de Lystra.
Linda buscó una mascarilla en su bolso, pero Sebastián le sujetó la muñeca con suavidad.
—No la necesitas —dijo—. Estás bien así.
El rostro de ella se sonrojó. No supo qué responder.
—Camino así —continuó él, entrelazando sus dedos con los de ella— porque estas manos son tuyas. Eso es lo único que importa.
Linda miró sus dedos entrelazados, con los ojos brillantes.
—Vamos —dijo él con ligereza—. Comamos algo rico.
Su ánimo ca