Antes de que Linda pudiera asimilarlo, otro cosplayer —disfrazado de Zoro— se acercó.
—Una rosa para ti, Scarlett.
Luego otro.
Y otro más.
Las rosas no dejaban de aparecer, entregadas por desconocidos con sonrisas, guiños y reverencias juguetonas, hasta que Linda terminó con nueve rosas entre los brazos.
Y entonces… nada.
El flujo se detuvo.
No hubo más rosas. No hubo más mensajeros.
Linda recorrió el enorme pabellón con la mirada, el pulso acelerándose. Una más. Solo una rosa más, y vería a l