40

Antes de que Linda pudiera asimilarlo, otro cosplayer —disfrazado de Zoro— se acercó.

—Una rosa para ti, Scarlett.

Luego otro.

Y otro más.

Las rosas no dejaban de aparecer, entregadas por desconocidos con sonrisas, guiños y reverencias juguetonas, hasta que Linda terminó con nueve rosas entre los brazos.

Y entonces… nada.

El flujo se detuvo.

No hubo más rosas. No hubo más mensajeros.

Linda recorrió el enorme pabellón con la mirada, el pulso acelerándose. Una más. Solo una rosa más, y vería a la persona detrás de todo aquello.

Nadie apareció.

Una broma, pensó.

Tiene que serlo.

Estaba a punto de darse la vuelta cuando una figura alta se interpuso directamente en su camino.

Sostenía un ramo enorme, tan grande que cubría casi por completo su rostro. Lo único visible eran unos ojos firmes e inescrutables tras una máscara oscura. Todo su atuendo era negro: abrigo largo, guantes, una silueta calculada, deliberada.

Un vigilante.

O un villano.

No supo distinguirlo.

Estaba demasiado cerca.

S
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