IGOR
El rugido del motor del auto se apagó, dejando en su lugar un silencio que sentí ensordecedor. Mi mirada se detuvo en la fachada de la universidad, un edificio imponente de ladrillos antiguos cubiertos de hiedra, como una reliquia de otro tiempo.
A mi alrededor, el murmullo de los estudiantes llenaba el aire, risas, pasos, conversaciones al azar que, por primera vez en mi vida, no giraban en torno a lobos, manadas o supervivencia.
Era mi primera incursión real en el mundo humano.
Cuando a