La ira hervía en mi interior mientras miraba a mi padre con incredulidad. No podía creer lo que estaba escuchando.
—¿En serio? ¿Me estás diciendo que simplemente la dejaste escapar? —espeté, cruzándome de brazos, tratando de contener la rabia que me quemaba la garganta.
Mi padre ni siquiera se inmutó. Se limitó a darme una mirada severa antes de hablar con esa voz tranquila pero implacable que siempre había utilizado conmigo.
—Olvídalo, Esther. Esa loba no importa. Lo que sí importa es que su p