ELENA
El suave vaivén de la mecedora parecía calmar a Igor, quien ya había cerrado sus pequeños ojos. Mi hijo. Mi milagro. Lo miré con un amor que dolía en el pecho mientras lo colocaba con cuidado en su cuna. Su respiración era tranquila, un suave susurro que me hacía olvidar, aunque solo por un instante, el caos que rugía afuera.
Sabía que mi ejército estaba ahí fuera, buscándola. Atenea había escapado y, con cada hora que pasaba, el peligro crecía. Pero en ese momento, la única presencia que