El frío de la madrugada me rozaba el rostro, pero no era suficiente para enfriar la tormenta que tenía en mi interior. Estaba despierta, aunque no recuerdo haber dormido. Dante, a mi lado, tenía su brazo alrededor de mi cintura, su calor envolviéndome como un escudo que no pedí, pero que no rechacé.
Su respiración era rítmica, tranquila, como si el peso del mundo no lo alcanzara mientras dormía. Yo, en cambio, no podía dejar de pensar en Igor. En mi hijo. Liana me había dicho que estaría bien,